CUANDO LA MUERTE NOS INVITA A VIVIR
Siempre he pensado que correr demasiado o quemar etapas no
ayuda a vivir.
Por el recuerdo de mi amiga intentaré disfrutar de las
personas que me quieren y de las cosas buenas que me rodean.

Estas líneas
intentan ser un canto a la vida cuando la muerte ronda a tus seres queridos.
Sería tan fácil olvidarnos de la vida si no fuéramos conscientes del hecho de
la muerte, que debemos reflexionar cuando nos visita sobre qué podemos hacer
con lo que tenemos.
Si la muerte
llega a una persona muy mayor hasta justificamos su llegada y la perdonamos
porque, de boquilla, decimos que nosotros desearíamos tener un final rápido y
sin dependencia. Asumimos que las personas desaparezcan de nuestra vida y
mantenemos el recuerdo como un homenaje a quién formó parte de nuestro corazón
cuando estuvo a nuestro lado.
Pero cuando va
acabando su camino vemos el sufrimiento en sus arrugas porque sabe que su final
está cerca y nadie es tan fuerte como para que la eternidad suavice el
sentimiento de desaparición que anuncia el cuerpo. Los que creemos que la nada
en el siguiente paso quizá tengamos en nuestras certezas, ya asumidas, un
compañero para cruzar el umbral hacía el recuerdo.
Pero hoy
escribo con el dolor de la perdida de una persona madura, sana, alegre,
impulsiva y todo corazón, ese corazón que dejó de funcionar de tanto como había
querido a la vida y a quienes la rodeaban. Es muy difícil aceptar el hecho de
que alguien al que quieres tenga menos tiempo que tú para conducir su vida al
lado de los hijos que maduran o del marido que espera una vejez junto a ti. El
recuerdo entrañable es el consuelo que acompaña a lo inexplicable, a lo
injusto. Estas líneas están escritas pensando en una persona, Marifé, con la
que tuve el placer de compartir un trozo de su camino.
Cuando me he
levantado hoy ella ya descansa de alegrías y fatigas. No podrá hablar con la
luna pero quizá su energía esté mezclada algún día con el polvo de las
estrellas. Tenía la sensación de que vivía intensamente y ponía corazón en lo
que hacía, sin prisas, con la serenidad de su tierra salmantina.
A veces
decimos a los jóvenes que disfruten, que son dos días. Mentimos, son muchos los
días y momentos que nos regala la vida. Orientamos mal porque no les enseñamos
a que disfruten, cada cosa a su tiempo, cada vivencia en su sitio, cada
silencio en su lugar, cada caricia cuando la vida lo pide.
El otro día
sentado con los pies húmedos por las olas, mirando a la gaviota y al barco
navegar, frente al horizonte disfrutaba plenamente de los minutos en la quietud
de la mañana. La prisa es mala consejera para acumular recuerdos y pervivir en
la memoria. Menos años no son menos amigos, más tiempo no siempre es más
felicidad. Elegir el ritmo de nuestros versos nos hace únicos y si acertamos
con la música nos hará postergar el olvido en aquellos a quienes quisimos y
respetamos.
M'ha agradat molt. Petons i molta força!
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