sábado, 13 de julio de 2013

UN BARCO CARGADO DE SUEÑOS
Un poco de poesía cursi para olvidar los sustos que nos da la realidad.
¡Que caro se ha puesto soñar que podemos transformar el mundo!

                       

             Despierto a la claridad de un sol incipiente en la frescura del amanecer, desciendo hasta el mar y comienzo a pasear entre la arena dura de la playa y el romper suave de unas olas tibias. Tengo la sensación de haber robado la mañana a los turistas, de tomar posesión de la arena fresca de la playa y de poder dejar que el mar me hable con aquella sonoridad agradable de la monotonía en el movimiento de sus aguas.
            Sentado en la arena, con los pies hundidos por el final de unas olas mansas, he alzado la mirada al horizonte donde un barco de velas blancas sortea lentamente la superficie rizada de un mar en calma. Siento que aquel barco puede transportar un cargamento de sueños más allá del horizonte y hacer navegar en la mañana mensajes imposibles de interceptar por el mundo real.
            Al cabo de un rato me he percatado de que no estaba solo, una gaviota se dejaba sostener por la brisa mirando en la misma dirección que yo. Siempre he pensado que las gaviotas, cuando se detienen en el aire, dudan entre vivir en la monotonía de un mundo poco soportable o volar hacía aquel barco cargado de sueños pero capaz de no poder sobrevivir en la tempestad.
            La luz va transformando los azules, el agua clara en la orilla deja jugar mis dedos en la arena, las olas al retirarse llevarán mi sueño al barco si la gaviota finalmente decide quedarse en la seguridad de las rocas o en el remanso de las palmeras. Trasportado el sueño hacia los azules de la profundidad la gaviota ha reanudado su vuelo, mar adentro, en busca de la estela del barco de velas blancas cargado con los sueños de un día al despertar.
            Me levanto lentamente, sonriendo, para caminar sobre el agua en movimiento, la mirada en las nubes y las palmeras, el pensamiento detenido en el tiempo, los movimientos mecánicos de un ejercicio físico que guarda el secreto de un sueño que abandona la playa, acompañado de una gaviota, en busca de alta mar.

            Comienzan a aparecer más propietarios de la arena, las sillas, las mesas, las sombrillas, las toallas van tomando posesión de sus dominios. A mi me roban la soledad, a ellas el silencio de la noche. Los niños comienzan a construir sus castillos en la orilla porque es temprano para adentrarse en el mar. Abandono la playa pensando en la gaviota, en el castillo en la arena y me instalo, junto a mi libro, en la terraza de donde salí está mañana a caminar. El barco parece disfrutar de la calma, de la luz, de los sueños, de la compañía de la gaviota, de la suave brisa que acompaña su navegar en busca del horizonte, donde los sueños y los castillos de arena se mezclan, sin que los nuevos habitantes de la orilla puedan reírse de aquella gaviota valiente que decidió continuar volando cuando perdió de vista las sombrillas, las palmeras…la realidad. 

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