domingo, 11 de agosto de 2013

EL SILENCIO DE AGOSTO
El cura olvido apagar el fervor de las campanas de la iglesia.
La ciudad vive el día rodeada de fatiga.
Cuando la noche llega las terradas de los bares despiertan la vida que escondían.

                                       

Son más de las diez de la mañana, silencio y tranquilidad. El sol todavía no se ha posesionado del asfalto y de las sombras. Camino lento junto a los bloques de pisos sintiendo el frescor suave y efímero de un día de agosto. Algunos perros conducen a sus dueños a un árbol que nunca será suyo porque vienen otros muchos perros a tomar posesión del territorio conquistado. La calle no tiene más ruidos ni más habitantes, es domingo y el que no marchó a la playa estuvo anoche de juerga dejando olvidada la acera por la que disfruto de un cielo azul envuelto en telarañas blancas.
            Al llegar a casa la terraza me regala un nuevo silencio. Mientras el sol se apodera del aire no encuentran refugio las flores, los tomates, las mariposas y los pájaros. Suenan repetidas las 11 en el reloj de la iglesia, lentas y desagradables para quienes  trasnocharon, estoy casi seguro de que el cura, al irse de vacaciones, olvidó silenciar su fervor. De tanto en tanto la queja de un canario enjaulado, o el zumbido lejano de un motor camino del mar, me recuerdan el silencio cargado de fatiga que invita a la calma y a buscar una corriente de aire que aleje el dominio del calor.
            Al otro lado un niño hace sus deberes, acompañado de su madre, esperando la libertad. Las flores esperan un movimiento para desperezarse. Todo silencio, como si la ciudad hubiera huido presintiendo un terremoto o una catástrofe natural. Persianas herméticas han dejado huérfanas de vida las casas, las vacaciones han cerrado las fábricas, los tenderos no tienen clientes y han marchado buscando la playa o la montaña. El asfalto absorbe el calor, descansan los mosquitos, suenan repetidas las doce en la iglesia del cura despistado, todo espera la noche para salir cuando el sol se haya cansado de dar calor a cuantas cosas no se los pidieron.
            Los tomates y las plantas reclaman su agua, unos cuantos coches regresan de un día agitado por la multitud de la playa, en las terrazas se mezclan los que volvieron y los que se quedaron en casa encerrados. Acabadas las tapas, para los que no salimos en agosto de vacaciones y para los que no saldrán durante todo el año, queda el paseo bajo la luz de las farolas que no nos dejan ver el cielo. Las estrellas se ocultan como si supieran que mañana queremos que se olvide nuestra estrella de enviarnos tantas muestras de cariño.
            He cogido el coche y me he acercado a la oscuridad, lejos de la luz de la ciudad, buscando allá en el noreste del cielo estrellado restos encendidos del cometa. Me gusta soñar que son estrellas que vienen a enterrar mis deseos secretos en la arena de una playa donde algún día los pueda visitar. Se ha hecho noche cerrada, tumbado en un banco de piedra, junto a una cruz teñida de viejo, he cerrado los ojos para soñar acompañado del silencio siempre fresco de las estrellas.
            Buenas noches

           

            

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