EL SILENCIO DE AGOSTO
El cura olvido apagar el fervor de las campanas de la
iglesia.
La ciudad vive el día rodeada de fatiga.
Cuando la noche llega las
terradas de los bares despiertan la vida que escondían.

Son más de las
diez de la mañana, silencio y tranquilidad. El sol todavía no se ha posesionado
del asfalto y de las sombras. Camino lento junto a los bloques de pisos
sintiendo el frescor suave y efímero de un día de agosto. Algunos perros
conducen a sus dueños a un árbol que nunca será suyo porque vienen otros muchos
perros a tomar posesión del territorio conquistado. La calle no tiene más
ruidos ni más habitantes, es domingo y el que no marchó a la playa estuvo
anoche de juerga dejando olvidada la acera por la que disfruto de un cielo azul
envuelto en telarañas blancas.
Al
llegar a casa la terraza me regala un nuevo silencio. Mientras el sol se
apodera del aire no encuentran refugio las flores, los tomates, las mariposas y
los pájaros. Suenan repetidas las 11 en el reloj de la iglesia, lentas y
desagradables para quienes trasnocharon,
estoy casi seguro de que el cura, al irse de vacaciones, olvidó silenciar su
fervor. De tanto en tanto la queja de un canario enjaulado, o el zumbido lejano
de un motor camino del mar, me recuerdan el silencio cargado de fatiga que
invita a la calma y a buscar una corriente de aire que aleje el dominio del
calor.
Al
otro lado un niño hace sus deberes, acompañado de su madre, esperando la
libertad. Las flores esperan un movimiento para desperezarse. Todo silencio,
como si la ciudad hubiera huido presintiendo un terremoto o una catástrofe
natural. Persianas herméticas han dejado huérfanas de vida las casas, las
vacaciones han cerrado las fábricas, los tenderos no tienen clientes y han
marchado buscando la playa o la montaña. El asfalto absorbe el calor, descansan
los mosquitos, suenan repetidas las doce en la iglesia del cura despistado,
todo espera la noche para salir cuando el sol se haya cansado de dar calor a
cuantas cosas no se los pidieron.
Los
tomates y las plantas reclaman su agua, unos cuantos coches regresan de un día
agitado por la multitud de la playa, en las terrazas se mezclan los que
volvieron y los que se quedaron en casa encerrados. Acabadas las tapas, para
los que no salimos en agosto de vacaciones y para los que no saldrán durante
todo el año, queda el paseo bajo la luz de las farolas que no nos dejan ver el
cielo. Las estrellas se ocultan como si supieran que mañana queremos que se
olvide nuestra estrella de enviarnos tantas muestras de cariño.
He
cogido el coche y me he acercado a la oscuridad, lejos de la luz de la ciudad,
buscando allá en el noreste del cielo estrellado restos encendidos del cometa.
Me gusta soñar que son estrellas que vienen a enterrar mis deseos secretos en
la arena de una playa donde algún día los pueda visitar. Se ha hecho noche
cerrada, tumbado en un banco de piedra, junto a una cruz teñida de viejo, he
cerrado los ojos para soñar acompañado del silencio siempre fresco de las
estrellas.
Buenas
noches
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