miércoles, 10 de julio de 2013

JUGANDO AL MUS Y MERENDANDO EN EL HUERTO
Buenos psiquiatras para desengancharse de la prisa y de la desesperanza.
Cada día miles de personas buscan aquel momento en que la vida queda acunada en el mejor de los sueños.

                                   
  
            Hoy he tenido una sorpresa agradable porque mis amigos han suspendido sus vacaciones lejanas y hemos coincidido para jugar nuestra partida de mus. Jugar al mus en Catalunya cinco castellanos durante veinte años no es un tema menor. Hace falta que a todos nos guste con locura jugar, tener una concordia a prueba de bombas y disfrutar de unas horas semanales en que, entre broma y broma, alejamos tensiones y preocupaciones.
            Evidentemente no arreglamos los problemas olvidándolos ni el mundo va mejor porque le ignoremos ocho horas a la semana, pero nosotros creo que nos sentimos muy bien y en casa cuando preguntan dónde estamos responden:
-         En el psiquiatra.
No vamos a desprestigiar a esta profesión comparándola con nuestros envites y órdagos, pero algo se notará en casa, aparte de nuestro cubata, cuando está tan valorado nuestro esparcimiento común. Cuando todo va deprisa, negativo, emponzoñado, en crisis no es poca cosa tener un lugar donde compartir con los amigos cuatro comentarios intrascendentes y picantes sabiendo que estás en la compañía que deseas.
Al acabar la partida he ido a merendar a un huerto de ciudad, habitado por un ciudadano que tiene, como muchísimos de nosotros, recuerdos de su procedencia rural. Creo que más que trabajar la tierra lo que se busca es la tranquilidad, la paz, acabar con la prisa y dejar crecer a la naturaleza a su ritmo, intentando que no acabe nadie con su proceso productivo. En resumen, tener un psiquiatra al lado que nos recete un trabajo físico para vencer el ritmo caótico de la sociedad que nos rodea.

Allí en el huerto hasta las gallinas tienen nombre y los gatos acceso al veterinario, las herramientas primitivas, las ilusiones productivas limitadas y el esfuerzo controlado para no lastimar la vida y disfrutar de cada fruta, de cada lechuga o de aquel calabacín que aderece los huevos de la gallina campestre en una sabrosa tortilla. Las patatas, las cerezas, las sandias, las peras… son adornos para disfrutar de la tranquilidad de un esfuerzo compensado generosamente por la tierra: plantamos, regamos, cuidamos y la simiente crece, pequeño milagro para satisfacer el corazón de las personas que invierten sus horas en la soledad de su huerto.

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