martes, 9 de julio de 2013

SONRIENDO DESDE UNA SILLA DE RUEDAS
A veces, pensando tanto, nos olvidamos de la ternura de una sonrisa o un abrazo.
Aprendí, en medio de la tristeza, el valor de lo que a ellos les falta.

                                                              

            Esta tarde he comenzado a pensar en la naturaleza humana y sus rarezas pero al final he decidido callarme y contaros cuatro sentimientos que me han hecho sentir un poco gilipollas por las cosas a las que le doy importancia. He ido a un centro de personas disminuidas psíquica y, en bastantes casos, también físicamente. Moderno, bien atendido, con personal suficiente, con una organización a prueba de sorpresas y con un trabajo agotador que necesita personas que sientan algo por los seres a los que dulcifican los días.
            La primera sorpresa es que ni hoy ni otros días he escuchado llorar a nadie, quizá se conforman con lo que tienen y no necesitan cogerse un berrinche cada vez que les falta algo. Quizá han aprendido a esperar. Son mayores, ya no cumplirán dieciocho, y han experimentado lo suficiente para saber de goces y frustraciones. Estaban en el Taller de Ciencia y eran cinco, casi todos en silencio o probando sonidos que parecían expresar sentimientos.
            La segunda sorpresa es lo agradecidas que son sus miradas. Un beso volando, una mano que acaricia, un comentario, un mínimo contacto y sus ojos transmiten un contacto afectuoso que intenta prolongar el momento de placer. Piden poco y se conforman con menos. No había quejas en sus ojos aunque no puedo negar que tenían un fondo de tristeza. Quizá también recuerdan que no pueden caminar, hablar o correr como hacemos los que les rodeamos.
            Sales de allí echo polvo, no aciertas a explicarte porque algunas personas reciben tantos problemas sin habérselos buscado. Caminas un rato y te sientes mal por lo poco que valoras lo que cada día te rodea, ellos desearían un trocito de lo que nosotros detestamos. Piensas cuando te alejas que vas a dar un paseo largo, disfrutando de tu cuerpo, hablando con la gente, asomándote donde te de la gana y pareándote a tomar un café en la terraza, a la sombra, que elijas. Quizá no sea libertad lo que tienes pero tendrás la sensación de que te regalaron mucha más que a aquellos a quienes visitaste y que sonrieron agradecidos cada uno de tus gestos.
            Ahora, cuando me he sentado a escribir, quería trasmitir sus vivencias al producir un sonido en la guitarra, chupar un muñeco, rozar una concha o ver bajar por un tubo retorcido una bola de colores, llamar la atención de sus cuatro compañeros o recibir el cariño de la persona que organiza su vida en aquella sala. Expresan alegría con facilidad, han aprendido una faceta de la vida de la que quienes se la enseñaron deben sentirse orgullosos. Si la aprendieron solos tendremos que pensar que nos adelantaron desde su silla de ruedas detenida.

            Ahora no puedo por menos que reflexionar dos líneas. Demasiadas veces utilizamos el coco para desviarnos, con nuestra capacidad de razonar, de la vida, de los sueños, de los momentos, de aquella mirada, de aquella sonrisa e ignoramos a la luna, el amanecer, el cariño y el dulce sabor de la rutina. Ellos sonríen con mucho menos, me han enseñado que su silla de ruedas nos puede ayudar a sentirnos más felices.

1 comentario:

  1. Elías, soy tu protegido Luis.

    Hacía unas tres o cuatro semanas que no leía nada de lo que escribes por aquí (desde una entrada relacionada con Bárcenas creo), pero creo que este texto es uno de los mejores que has escrito desde que comenzaste tu andadura bloguera. Gracias por ser capaz de despertar en tus lectores sentimientos inexplicables, y hacernos reflexionar, aunque sea sólo por un momento, sobre lo bueno de la vida, las cosas pequeñas. Un abrazo enorme

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