SONRIENDO DESDE UNA SILLA DE
RUEDAS
A veces, pensando tanto, nos olvidamos de la ternura de una
sonrisa o un abrazo.
Aprendí, en medio de la tristeza, el valor de lo que a ellos
les falta.

Esta
tarde he comenzado a pensar en la naturaleza humana y sus rarezas pero al final
he decidido callarme y contaros cuatro sentimientos que me han hecho sentir un
poco gilipollas por las cosas a las que le doy importancia. He ido a un centro
de personas disminuidas psíquica y, en bastantes casos, también físicamente.
Moderno, bien atendido, con personal suficiente, con una organización a prueba
de sorpresas y con un trabajo agotador que necesita personas que sientan algo
por los seres a los que dulcifican los días.
La
primera sorpresa es que ni hoy ni otros días he escuchado llorar a nadie, quizá
se conforman con lo que tienen y no necesitan cogerse un berrinche cada vez que
les falta algo. Quizá han aprendido a esperar. Son mayores, ya no cumplirán
dieciocho, y han experimentado lo suficiente para saber de goces y
frustraciones. Estaban en el Taller de Ciencia y eran cinco, casi todos en
silencio o probando sonidos que parecían expresar sentimientos.
La
segunda sorpresa es lo agradecidas que son sus miradas. Un beso volando, una
mano que acaricia, un comentario, un mínimo contacto y sus ojos transmiten un
contacto afectuoso que intenta prolongar el momento de placer. Piden poco y se
conforman con menos. No había quejas en sus ojos aunque no puedo negar que
tenían un fondo de tristeza. Quizá también recuerdan que no pueden caminar,
hablar o correr como hacemos los que les rodeamos.
Sales
de allí echo polvo, no aciertas a explicarte porque algunas personas reciben tantos
problemas sin habérselos buscado. Caminas un rato y te sientes mal por lo poco
que valoras lo que cada día te rodea, ellos desearían un trocito de lo que
nosotros detestamos. Piensas cuando te alejas que vas a dar un paseo largo,
disfrutando de tu cuerpo, hablando con la gente, asomándote donde te de la gana
y pareándote a tomar un café en la terraza, a la sombra, que elijas. Quizá no
sea libertad lo que tienes pero tendrás la sensación de que te regalaron mucha
más que a aquellos a quienes visitaste y que sonrieron agradecidos cada uno de
tus gestos.
Ahora,
cuando me he sentado a escribir, quería trasmitir sus vivencias al producir un
sonido en la guitarra, chupar un muñeco, rozar una concha o ver bajar por un
tubo retorcido una bola de colores, llamar la atención de sus cuatro compañeros
o recibir el cariño de la persona que organiza su vida en aquella sala.
Expresan alegría con facilidad, han aprendido una faceta de la vida de la que
quienes se la enseñaron deben sentirse orgullosos. Si la aprendieron solos
tendremos que pensar que nos adelantaron desde su silla de ruedas detenida.
Ahora
no puedo por menos que reflexionar dos líneas. Demasiadas veces utilizamos el
coco para desviarnos, con nuestra capacidad de razonar, de la vida, de los
sueños, de los momentos, de aquella mirada, de aquella sonrisa e ignoramos a la
luna, el amanecer, el cariño y el dulce sabor de la rutina. Ellos sonríen con
mucho menos, me han enseñado que su silla de ruedas nos puede ayudar a
sentirnos más felices.
Elías, soy tu protegido Luis.
ResponderEliminarHacía unas tres o cuatro semanas que no leía nada de lo que escribes por aquí (desde una entrada relacionada con Bárcenas creo), pero creo que este texto es uno de los mejores que has escrito desde que comenzaste tu andadura bloguera. Gracias por ser capaz de despertar en tus lectores sentimientos inexplicables, y hacernos reflexionar, aunque sea sólo por un momento, sobre lo bueno de la vida, las cosas pequeñas. Un abrazo enorme