sábado, 20 de julio de 2013

UN BARRIO DONDE EL FIN DE MES ES LARGO
Negros, gitanos, blancos juntos, pero no mezclados.
Quizá sean más felices pero duele verlos tan necesitados.

                                             
  
            Buenos días. Ayer no escribí porque hice una excursión para visitar a los del otro lado. Dejé mi coche fuera del barrio porque no había aparcamiento dentro y porque de alguna manera creo no haber desterrado ese miedo infundado de que existe más peligro de ser agredido yo, o mis propiedades, cuando visito a la gente diferente y con menos suerte económicamente.
            Caía la tarde y las personas salían huyendo del sofoco de sus casas a invadir las calles del barrio. Pasé primero por una zona dominada por gitanos serios y con bigote y gitanas guapas muy arregladas y con aquel hablar que choca porque ya no lo escuchamos si no visitamos los mercadillos. Después todos africanos, muy negros, llenando silenciosos las calles; muchas chilabas y pañuelos, todos muy arreglados, dirigiéndose a celebrar la noche después de un día duro por la sed que agudiza el calor y el apetito de una jornada sin comer por el Ramadán. Silenciosos, solitarios, los niños al lado, parecen caminar despacio para no molestar.
            Al llegar a la plaza me encontré con los blancos, con los payos, sentados en mesas, dispuestos para cenar. No eran menos de 80 y aplaudieron a un miembro de un AMPA (no se si dice así a las asociaciones de padres o han cambiado las siglas), desconocida para mi, cuando indicó que comenzaba a repartirse la bebida. Al lado, pero no revueltos. Juntos físicamente en el barrio pero sin olvidar que mantienen sus barreras y sus deseos de dejar de ser vecinos de aquellos que les impone el precio de la vivienda.
            Me tomé unos quintos con un amigo que vive en un escalera de vecinos negros donde resalta ser blanco y mucho más si, como él, tienes en el balconcillo una gran bandera del Madrid. Nos rodeaban personas de edad que no se cuidan, bebedores que al caer la noche encuentran refugio en una copa, mujeres con muchos kilos o con algún diente de menos, arrugas que hablan de trabajo y privaciones. El mes ya se esta alargando con las deudas y el silencio se rompe con bromas de toque sexual que hacen enrojecer a quienes vivimos en el otro lado. Al tercer quinto abandoné el bar, mi amigo siguió con  su gente, con sus pequeños sueños que le mantienen vivo, con sus deudas que no puede controlar y con nuevos quintos de cerveza que ponen un brillo en sus ojos que la vida no le regala hace tiempo.
            Es de noche cuando salgo a una esquina del barrio a cenar, rodeado de tapas y de blancos, de mesas al aire libre, de jamón, chocos y cazón y del amigo que me trae, de tanto en tanto, aquí. Las cervezas son más grandes, las mesas llenas, son las vacaciones de quienes tienen la playa de los otros cerca. Después de cenar paseamos el barrio con pocas terrazas, un grupo de niños con monitores en un colegio jugando más allá de las 11, blancos todos en la negritud, y la oscuridad de las calles. Más allá un grupo de ocho chilabas blancas, reposadas en el suelo, forman un círculo de conversación animada.
            Al llegar al coche vuelvo la vista al barrio, iluminado por una luna creciente, y recuerdo que no he visto llorar, que sobreviven mes tras mes a las deudas y que juntos, pero no revueltos, sobrellevan la dureza de los días. En cada rincón sobrevive un sueño de un mañana mejor, algunos mirarán a la luna antes de dormir soñando un amanecer que posiblemente sea como el anterior.
            ¡Cuantos Bárcenas, Blesas, políticos, reyes y princesas tendrían que venir aquí para descargar sus riquezas! Lo que admira más son sus silencios…
           

            

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