UN BARRIO DONDE EL FIN DE MES
ES LARGO
Negros, gitanos, blancos juntos, pero no mezclados.
Quizá sean más felices pero duele verlos tan necesitados.

Buenos
días. Ayer no escribí porque hice una excursión para visitar a los del otro
lado. Dejé mi coche fuera del barrio porque no había aparcamiento dentro y
porque de alguna manera creo no haber desterrado ese miedo infundado de que
existe más peligro de ser agredido yo, o mis propiedades, cuando visito a la
gente diferente y con menos suerte económicamente.
Caía
la tarde y las personas salían huyendo del sofoco de sus casas a invadir las
calles del barrio. Pasé primero por una zona dominada por gitanos serios y con
bigote y gitanas guapas muy arregladas y con aquel hablar que choca porque ya
no lo escuchamos si no visitamos los mercadillos. Después todos africanos, muy
negros, llenando silenciosos las calles; muchas chilabas y pañuelos, todos muy
arreglados, dirigiéndose a celebrar la noche después de un día duro por la sed
que agudiza el calor y el apetito de una jornada sin comer por el Ramadán.
Silenciosos, solitarios, los niños al lado, parecen caminar despacio para no
molestar.
Al
llegar a la plaza me encontré con los blancos, con los payos, sentados en mesas, dispuestos para cenar. No eran menos de 80 y aplaudieron a un miembro de un
AMPA (no se si dice así a las asociaciones de padres o han cambiado las siglas),
desconocida para mi, cuando indicó que comenzaba a repartirse la bebida. Al
lado, pero no revueltos. Juntos físicamente en el barrio pero sin olvidar que
mantienen sus barreras y sus deseos de dejar de ser vecinos de aquellos que les
impone el precio de la vivienda.
Me
tomé unos quintos con un amigo que vive en un escalera de vecinos negros donde
resalta ser blanco y mucho más si, como él, tienes en el balconcillo una gran
bandera del Madrid. Nos rodeaban personas de edad que no se cuidan, bebedores
que al caer la noche encuentran refugio en una copa, mujeres con muchos kilos o
con algún diente de menos, arrugas que hablan de trabajo y privaciones. El mes
ya se esta alargando con las deudas y el silencio se rompe con bromas de toque
sexual que hacen enrojecer a quienes vivimos en el otro lado. Al tercer quinto
abandoné el bar, mi amigo siguió con su
gente, con sus pequeños sueños que le mantienen vivo, con sus deudas que no
puede controlar y con nuevos quintos de cerveza que ponen un brillo en sus ojos
que la vida no le regala hace tiempo.
Es
de noche cuando salgo a una esquina del barrio a cenar, rodeado de tapas y de
blancos, de mesas al aire libre, de jamón, chocos y cazón y del amigo que me
trae, de tanto en tanto, aquí. Las cervezas son más grandes, las mesas llenas,
son las vacaciones de quienes tienen la playa de los otros cerca. Después de
cenar paseamos el barrio con pocas terrazas, un grupo de niños con monitores en
un colegio jugando más allá de las 11, blancos todos en la negritud, y la
oscuridad de las calles. Más allá un grupo de ocho chilabas blancas, reposadas
en el suelo, forman un círculo de conversación animada.
Al
llegar al coche vuelvo la vista al barrio, iluminado por una luna creciente, y
recuerdo que no he visto llorar, que sobreviven mes tras mes a las deudas y que
juntos, pero no revueltos, sobrellevan la dureza de los días. En cada rincón
sobrevive un sueño de un mañana mejor, algunos mirarán a la luna antes de
dormir soñando un amanecer que posiblemente sea como el anterior.
¡Cuantos
Bárcenas, Blesas, políticos, reyes y princesas tendrían que venir aquí para
descargar sus riquezas! Lo que admira más son sus silencios…
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