domingo, 26 de enero de 2014

CUANDO SE PIERDE LA ESPERANZA
Es difícil salir del otro lado cuando todos ignoran el fracaso.
Siempre hay un camino, aunque duro, para recobrar las ganas de luchar.

                        
  
            Era pronto para soñar y tarde para mantener viva la esperanza. Sentado frente al mar, en una silla de duro cemento, guardaba su cuerpo del frío con mucha ropa y unos guantes raídos de cuero, tenía una botella oculta en una bolsa de papel de la que rítmicamente iba sacando fuerzas para mirar las estrellas.
            La olas rompían el silencio, cansinas y monótonas, y él intentaba recoger la calma de aquel descansar del agua en la arena de la playa. A su espalda, las luces de una ciudad de la que había escapado para buscar un lugar donde dar rienda suelta a su tristeza e intentar robar al cielo un mensaje de futuro. Buscó dentro de la bolsa de papel marrón el cuello de la botella y bebió con ansiedad un largo trago de alcohol, un trago que buscaba el olvido cuando era consciente de que no debía huir de la realidad.
            La sociedad le decía que era mayor para buscar trabajo y muy joven para vivir del cuento. El banco quería cobrar cada mes su hipoteca pero en su casa no entraba dinero suficiente para mantener lo mínimo necesario antes de sucumbir en la miseria. Sus dos hijos no aceptaban renunciar a sus privilegios porque sus compañeros mantenían sus móviles, su ropa de marca y sus fiestas. Su mujer había aceptado limpiar casas ajenas después de bajar los escalones de sueldo y consideración social en los que había vivido su vida entera.
            A punto de despedirse de sus cuarenta y nueve primaveras no encontraba salida a sus penas ni remedio a sus problemas. Paralizado delante de las facturas que se amontonaban en aquella mesa, que un día fue despacho, y temiendo los pagos postergados por sus tarjetas de crédito, había decidido acercarse a la playa y repasar, con la luna llena y las estrellas, que salidas tenía para mantener el cariño de los suyos y el hueco conquistado entre sus amigos.
            Se sentía feliz de ser querido, dejó la botella junto al banco, necesitaba dejar de mirar las olas y contemplar las estrellas. La luna, arrinconada al fondo, parecía querer robar el brillo a cuantos astros alumbraban el oscuro reino del mar en calma. Fue descubriendo miles de soluciones entre el efecto del alcohol y el suave brillo de las estrellas. Sentía el tiempo detenido, la ciudad dormida y la esperanza aterrizando sobre su realidad maltratada por la crisis.
            Cambiaría a los hijos a centros públicos, acudiría a los bancos de alimentos, buscaría trabajos menos remunerados, controlarían los gastos superfluos… Comenzó a darse cuenta de la cantidad de cosas que tenía que eran poco importantes para la convivencia de su familia. Aún le quedaba la pensión de sus padres y de sus suegros, vivirían de alquiler de nuevo, comenzarían a luchar por levantarse de cero porque nada había escrito sobre la muerte cuando en esta sociedad estás a punto de hacer cincuenta años.
            La crisis no duraría siempre, la luna tenía razón, aunque tardaría en marchar. Las olas hablaban de paz al dejar su espuma en la arena. Recogió la bolsa marrón, pesada aún, y la depositó en la primera papelera que encontró al volver a casa. Quería ser valiente y volver a soñar en un castillo que ya había conquistado una vez cuando era joven. Sus hijos eran jóvenes… el ruido de los coches no perturbó la calma que había sentido al levantar los ojos y pensar con la luna y las estrellas.

            

No hay comentarios:

Publicar un comentario