martes, 7 de enero de 2014

LOS PERROS QUE HACEN MI VIDA MÁS GRATA
Yo si tuviera uno no leería hoy el blog. Ya sé que tu perro no ladra, que recoges siempre su caca y que le llevas al campo a mear, para regar y abonar el césped.
Son más fieles que las personas y tienen aquella mirada lastimera de lobo venido a menos.
Quizá si no ladrarán, no dejarán su mierda y su pis en la calle,  sería más fácil la convivencia…

                                               
                                
            La otra noche me porte muy mal y fui tarde a dormir, se me olvidó avisar a los perros de los vecinos y ellos, puntuales y cumplidores, pusieron sus ladridos en sintonía con las campanas del puto cura. Animados en el cumplimiento de su deber no descansaron hasta conseguir que pagará mis culpas poniendo el cuerpo en movimiento. Me asomé malhumorado al balcón pero él me miró, con aquel mirar humano que tienen los perros, me ladró sin cachondearse y se fue a cagar en un rincón dejándome con la palabra en la boca. Creo que quiso decirme que es malo trasnochar y que, si antes existían los gallos para cantar al alba en los pueblos, ellos son sus sucesores en la ciudad.
            Desayunando tuve su grata compañía y, pensando en mí, siguió ladrando para recordarme lo sano que era marchar a la calle y pasear hasta que acabará de entrenar su concierto lleno de giros. Malhumorado, por no haber descansado por la noche, me lancé a la calle para recorrer  mis cinco kilómetros paseando y olvidar los reproches que subían incansables del balcón vecino.
            Al salir a la calle un nuevo amigo, con los mismos sonidos, aplaudió mi idea de hacer salud y yo, más animado, me dediqué a pensar que podría soportar el frío. Antes miraba el cielo cuando paseaba, a los balcones o a las personas que pasaban y, a veces últimamente, me atrevía a escribir, en el móvil, mensajes a los amigos. Aprendí que en las calles no es manera de pasear que no se puede vivir soñando y que hay que ser realistas. Ahora paseo contemplado el suelo para sortear las cacas de perro abandonadas y las meadas necesarias que tienen que hacer para marcar territorio y aliviar sus necesidades.
            De vez en cuando viene algún perro suelto, grande y alegre, corriendo a saludarme. Detrás, después de ponerme el corazón a 120, siempre aparece el dueño diciendo que no hace nada, que le gusta jugar. Me siento mal porque me he hecho mayor y ya no entiendo cuando ellos quieren jugar. No le pido que le ate porque antes tenía líos con las personas y a mi me gusta pasear tranquilo, siempre me dicen que si no puedo entender que los perros necesitan libertad y no ir atados cuando salen a la calle con una cuerda. No olvidaré uno que me dijo ¿sacaría a su hijo atado con una cuerda a pasear? Desde entonces procuro evitar las plazas que ellos visitan y los paseos fuera de las calles donde ellos corren felices a sus anchas.
            Hubo un tiempo que pensé que la ciudad no es para los perros pero la proliferación de estos animales de compañía me ha hecho pensar que son más necesarios que los hijos. Un día, elucubrando, me preguntaba por qué no se les adiestra para que caguen y meen en casa como se hace con los bebés humanos y se les saca de paseo prohibiéndoles que marquen más territorio que el que tienen en su casa. Hablaríamos con ellos, harían ellos y nosotros amigos en las calles y las aceras no tendrían aquel color ocre adornado del agua turbia e infecta de sus meadas…
            Al regresar a casa me saludan ambos, según en que parte del piso esté, y así estoy muy acompañado. Por la noche he ido temprano a la cama porque sé que el perro despertador, un tipo puntual e inteligente, allá a las siete cumplirá con la obligación de recordarme que si no me levanto no percibiré el paso del tiempo. El sale puntual al balcón, haga frío o calor, se caga y después hace de gallo campestre para hacer bucólico el despertar en la ciudad.
            ¡Si no me escucha el puto cura cómo quiero que me escuche una mascota animal!


                                                  

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