LOS PERROS QUE HACEN MI VIDA
MÁS GRATA
Yo si tuviera uno no leería hoy
el blog. Ya sé que tu perro no ladra, que recoges siempre su caca y que le
llevas al campo a mear, para regar y abonar el césped.
Son más fieles que las personas y
tienen aquella mirada lastimera de lobo venido a menos.
Quizá si no ladrarán, no dejarán
su mierda y su pis en la calle, sería
más fácil la convivencia…

La
otra noche me porte muy mal y fui tarde a dormir, se me olvidó avisar a los
perros de los vecinos y ellos, puntuales y cumplidores, pusieron sus ladridos
en sintonía con las campanas del puto cura. Animados en el cumplimiento de su
deber no descansaron hasta conseguir que pagará mis culpas poniendo el cuerpo
en movimiento. Me asomé malhumorado al balcón pero él me miró, con aquel mirar
humano que tienen los perros, me ladró sin cachondearse y se fue a cagar en un
rincón dejándome con la palabra en la boca. Creo que quiso decirme que es malo
trasnochar y que, si antes existían los gallos para cantar al alba en los
pueblos, ellos son sus sucesores en la ciudad.
Desayunando
tuve su grata compañía y, pensando en mí, siguió ladrando para recordarme lo
sano que era marchar a la calle y pasear hasta que acabará de entrenar su
concierto lleno de giros. Malhumorado, por no haber descansado por la noche, me
lancé a la calle para recorrer mis cinco
kilómetros paseando y olvidar los reproches que subían incansables del balcón
vecino.
Al
salir a la calle un nuevo amigo, con los mismos sonidos, aplaudió mi idea de
hacer salud y yo, más animado, me dediqué a pensar que podría soportar el frío.
Antes miraba el cielo cuando paseaba, a los balcones o a las personas que
pasaban y, a veces últimamente, me atrevía a escribir, en el móvil, mensajes a
los amigos. Aprendí que en las calles no es manera de pasear que no se puede
vivir soñando y que hay que ser realistas. Ahora paseo contemplado el suelo
para sortear las cacas de perro abandonadas y las meadas necesarias que tienen
que hacer para marcar territorio y aliviar sus necesidades.
De
vez en cuando viene algún perro suelto, grande y alegre, corriendo a saludarme.
Detrás, después de ponerme el corazón a 120, siempre aparece el dueño diciendo
que no hace nada, que le gusta jugar. Me siento mal porque me he hecho mayor y ya
no entiendo cuando ellos quieren jugar. No le pido que le ate porque antes
tenía líos con las personas y a mi me gusta pasear tranquilo, siempre me dicen
que si no puedo entender que los perros necesitan libertad y no ir atados
cuando salen a la calle con una cuerda. No olvidaré uno que me dijo ¿sacaría a
su hijo atado con una cuerda a pasear? Desde entonces procuro evitar las plazas
que ellos visitan y los paseos fuera de las calles donde ellos corren felices a
sus anchas.
Hubo
un tiempo que pensé que la ciudad no es para los perros pero la proliferación
de estos animales de compañía me ha hecho pensar que son más necesarios que los
hijos. Un día, elucubrando, me preguntaba por qué no se les adiestra para que
caguen y meen en casa como se hace con los bebés humanos y se les saca de paseo
prohibiéndoles que marquen más territorio que el que tienen en su casa.
Hablaríamos con ellos, harían ellos y nosotros amigos en las calles y las
aceras no tendrían aquel color ocre adornado del agua turbia e infecta de sus
meadas…
Al
regresar a casa me saludan ambos, según en que parte del piso esté, y así estoy
muy acompañado. Por la noche he ido temprano a la cama porque sé que el perro
despertador, un tipo puntual e inteligente, allá a las siete cumplirá con la
obligación de recordarme que si no me levanto no percibiré el paso del tiempo.
El sale puntual al balcón, haga frío o calor, se caga y después hace de gallo
campestre para hacer bucólico el despertar en la ciudad.
¡Si
no me escucha el puto cura cómo quiero que me escuche una mascota animal!

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