UN ROLLO ENVUELTO EN
BALONCESTO
Ha perdido mi equipo y no se me han quitado las ganas de
cenar.
Últimamente aceptamos las derrotas con excesiva facilidad.

Hoy
llegó tarde porque he ido a disfrutar de un partido de baloncesto en directo.
Jugaba mi equipo, el Joventut de Badalona, y eso pone un poquito de ilusión
sobre la otra gran diversión que es disfrutar de este juego. Las personas
entraban en silencio, incluso aplaudieron deportivamente a uno de los
entrenadores del pasado, Aito, y se dispusieron entre coca colas, cervezas,
palomitas y bocatas a animar a su equipo, que si ganaba jugaría la copa del
rey.
Todo
era silencio hasta que un señor por los altavoces ha mezclado voces de ánimo y
música para despertar al personal. El pabellón se ha ido llenando y pitos y
aplausos se han hecho sonoros. Momentos de descanso para volver a animarnos
todos y gritar educadamente a los árbitros. Un partido muy disputado, con un
baloncesto de baja calidad donde eran malas las defensas y peores los ataques,
que ha puesto en pie a más de tres mil personas cuando se acercaba el final y
se podía esperar el triunfo de la
Penya , del Joventut.
Al
final ha perdido el equipo de casa, el que me gusta a mí. Me ha sorprendido que
las personas han guardado silencio al final, se han retirado en exquisito orden
y casi no se han acordado de los árbitros y mucho menos de sus madres. Estamos
muy civilizados y aceptamos con mucha facilidad estos pequeños sinsabores. Quizá
porque aún disfrutamos de muchas cosas.
Al
regresar a casa pensaba en la cantidad de satisfacciones que nos quedan a
algunos a pesar de los recortes. La multitud de actividades que serían fácilmente
prescindibles al igual que posesiones que consideramos muy importantes. Me
gustaba repasar la cantidad de cosas que tengo que no necesito aún me queda
mucho camino para seguir estando satisfecho de la vida que me ha sido regalada.
Es
importante que todos tengamos aquello que necesitamos aunque sea a costa de que
los que tenemos más de lo que necesitamos prescindamos de algunos de nuestros
preciados privilegios. Si eso lo entendiera el dinero y los políticos que
gobiernan quizá llegaríamos a convivir mejor con la crisis, las personas salían
del campo resignadas y daba la impresión de que era un estado de la sociedad el
que reflejaban sus caras.
Llovía
con fuerza, se amontonaban las luces rojas de los coches saliendo del pabellón,
muchos peatones buscaban resguardarse del chaparrón. Ya habían olvidado el
partido, unos kilómetros más allá ha aparecido la luna, apagada tras unas nubes
blancas, creo que no le gusta la facilidad con que nos resignamos a las
derrotas…
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