viernes, 21 de febrero de 2014

SIEMPRE NOS QUEDA LA ESPERANZA
Las enfermedades graves ayudar a descubrir pequeños tesoros.
La vida se acabará pero podemos robarle momentos del tiempo detenido.
Para todos los que nos vemos obligados a valorar el tiempo porque no nos sobra…

                                                            

          Hace cinco años los médicos visitaron mi vida y pusieron cerco a mi tiempo. Fueron meses de espera, de diagnósticos, de malos rollos, de comeduras de coco, de noches de insomnio, de lecturas en Internet que nunca debí de hacer y de miedo porque pensaba que me había enganchado un toro de los malos.
            Hace mucho tiempo que creo en la vida, que creo en las personas con las que la comparto y que después de dejar de preocuparme por el después decidí que mereciera la pena lo que iba haciendo cada día. Eso del más allá me cae muy lejos, hace años que me preocupo de vivir y no de la vida eterna. Saben a poco los años cuando ya hemos vivido mucho pero también existieron aquellos otros en que el sol parecía detenido para alumbrar momentos eternos.
            Cuando tienes miedo de que tu existencia concluya, pero mantienes la esperanza, la vida gira de nuevo desde la madurez hacia la juventud y descubrimos sensaciones que la rutina tenía ocultas tras la cortina del día a día, las prisas y la importancia que damos a situaciones y cosas que pierden relevancia cuando descubrimos que el tiempo es finito y que solamente nosotros podemos lograr detener el reloj, en una magia adquirida, cuando la vida nos hace conscientes de las cosas realmente importantes.
            Dejé de tener prisa, de correr, de querer muchas cosas, de custodiar el dinero en el banco, de gastar mi tiempo con personas que no deseaba. Deje de fumar, casi no bebo, paseo hasta repensarme muchas veces, intento retener los días y regalarme la posibilidad de disfrutar de muchos meses. El dragón de la enfermedad está dormido, sé que no me ha olvidado pero intento engañarle porque tengo muchas cosas que hacer y, sobre todo, tengo otras muchas que repetir miles de veces.
            Amanecer y poner los pies en el suelo cada día es una promesa de actos conscientes que me hacen sentir bien. Una mirada, unas manos que se juntan, un beso de buenos días, un te quiero… La leche con galletas y el sobao, el bocata de chorizo, aquellos callos, aquel bonito con tomate, aquella chistorra picante… Aquel paseo por el bosque rojizo de un hayedo en otoño, una silla cerca de la playa sintiendo como el mar despide al sol, aquellas conversaciones de cada día con la luna, las estrellas fugaces, el pasear por las calles mirando las prisas de los demás… La partida al mus, la gimnasia con mis amigas, la música, las lecturas, los silencios, aquel duermevela en que acudo al baúl de mi vida recordando mis momentos eternos…
            Son pequeñas cosas las que he ido descubriendo. Quizá la más importante es el cariño de las personas que te rodean porque da sentido a muchas de las pequeñas cosas por las que navegaba en el párrafo anterior. Me gustaría vivir muchos años para seguir descubriendo nuevos placeres y ayudar a que quienes comparten su vida conmigo sientan que es bello vivir y hermosas muchas de las cosas que durante años olvidamos valorar.
            Esta entrada va dedicada a los seres queridos que últimamente van siendo atrapados, como yo lo he sido, por un aviso serio de que el tiempo es nuestro mayor tesoro y que podemos invertirlo con audacia. Tengo una amiga a la que ayer prometí estas líneas y que ahora me gustaría estar achuchándola para decirla que la queremos y que quedan muchos días de lectura, muchas miradas, muchas cenas y que cuando oscurezca el día tenemos que esperar a que amanezca.


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