SIEMPRE NOS QUEDA LA ESPERANZA
La vida se acabará pero podemos robarle momentos del tiempo
detenido.
Para todos los que nos vemos obligados a valorar el tiempo
porque no nos sobra…
Hace cinco años los médicos visitaron mi vida y pusieron cerco a mi tiempo. Fueron meses de espera, de diagnósticos, de malos rollos, de comeduras de coco, de noches de insomnio, de lecturas en Internet que nunca debí de hacer y de miedo porque pensaba que me había enganchado un toro de los malos.
Hace
mucho tiempo que creo en la vida, que creo en las personas con las que la
comparto y que después de dejar de preocuparme por el después decidí que
mereciera la pena lo que iba haciendo cada día. Eso del más allá me cae muy
lejos, hace años que me preocupo de vivir y no de la vida eterna. Saben a poco
los años cuando ya hemos vivido mucho pero también existieron aquellos otros en
que el sol parecía detenido para alumbrar momentos eternos.
Cuando
tienes miedo de que tu existencia concluya, pero mantienes la esperanza, la
vida gira de nuevo desde la madurez hacia la juventud y descubrimos sensaciones
que la rutina tenía ocultas tras la cortina del día a día, las prisas y la
importancia que damos a situaciones y cosas que pierden relevancia cuando
descubrimos que el tiempo es finito y que solamente nosotros podemos lograr
detener el reloj, en una magia adquirida, cuando la vida nos hace conscientes
de las cosas realmente importantes.
Dejé
de tener prisa, de correr, de querer muchas cosas, de custodiar el dinero en el
banco, de gastar mi tiempo con personas que no deseaba. Deje de fumar, casi no
bebo, paseo hasta repensarme muchas veces, intento retener los días y regalarme
la posibilidad de disfrutar de muchos meses. El dragón de la enfermedad está
dormido, sé que no me ha olvidado pero intento engañarle porque tengo muchas
cosas que hacer y, sobre todo, tengo otras muchas que repetir miles de veces.
Amanecer
y poner los pies en el suelo cada día es una promesa de actos conscientes que
me hacen sentir bien. Una mirada, unas manos que se juntan, un beso de buenos días,
un te quiero… La leche con galletas y el sobao, el bocata de chorizo, aquellos
callos, aquel bonito con tomate, aquella chistorra picante… Aquel paseo por el
bosque rojizo de un hayedo en otoño, una silla cerca de la playa sintiendo como
el mar despide al sol, aquellas conversaciones de cada día con la luna, las
estrellas fugaces, el pasear por las calles mirando las prisas de los demás… La
partida al mus, la gimnasia con mis amigas, la música, las lecturas, los
silencios, aquel duermevela en que acudo al baúl de mi vida recordando mis
momentos eternos…
Son
pequeñas cosas las que he ido descubriendo. Quizá la más importante es el
cariño de las personas que te rodean porque da sentido a muchas de las pequeñas
cosas por las que navegaba en el párrafo anterior. Me gustaría vivir muchos
años para seguir descubriendo nuevos placeres y ayudar a que quienes comparten
su vida conmigo sientan que es bello vivir y hermosas muchas de las cosas que
durante años olvidamos valorar.
Esta
entrada va dedicada a los seres queridos que últimamente van siendo atrapados,
como yo lo he sido, por un aviso serio de que el tiempo es nuestro mayor tesoro
y que podemos invertirlo con audacia. Tengo una amiga a la que ayer prometí
estas líneas y que ahora me gustaría estar achuchándola para decirla que la
queremos y que quedan muchos días de lectura, muchas miradas, muchas cenas y
que cuando oscurezca el día tenemos que esperar a que amanezca.
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